Internacional

Resumen electrónico de EIR, Vol.XXV, núm. 8
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Zepp-LaRouche apela a las naciones en un momento de crisis

En el espíritu de las deliberaciones del seminario internacional que organizó EIR el 26 de julio en Wiesbaden, Alemania, en el que participaron parlamentarios, economistas y expertos jurídicos de Francia, Italia, Dinamarca, Suecia, Austria, Estados Unidos, Níger, Zimbabue, Jordania y Alemania, la señora Helga Zepp–LaRouche, presidenta del Instituto Schiller, emitió la siguiente resolución para difundirla y recabar firmas de apoyo en todo el mundo. Con el título de “¡Hagamos realidad el sueño de la Revolución Americana!”, va dirigida “a todos los países de las Naciones Unidas y a los candidatos presidenciales de la contienda electoral estadounidense”.

Helga
Helga Zepp–LaRouche ha llamado a una movilización internacional a nombre de “los objetivos comunes de la humanidad”. (Foto: Chris Lewis/EIRNS)..

“Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales, que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se cuentan el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad; que para asegurar estos derechos, los hombres instituyen gobiernos, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma de gobierno llega a ser destructora de estos fines, es un derecho del pueblo cambiarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno basado en esos principios y organizando su autoridad en la forma que el pueblo estime como la más conveniente para obtener su seguridad y felicidad”, reza la Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776.

Y Martin Luther King le recordó al mundo el 28 de agosto de 1963, en su famoso discurso “Tengo un sueño”: “Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres, sí, al hombre negro y al hombre blanco, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros”.

Pero la Revolución Americana y el establecimiento de una república en el Nuevo Mundo no eran un “faro de esperanza y templo de la libertad” para Estados Unidos nada más, sino que representaban la perspectiva de un futuro en el que, a la larga, el imperialismo y el colonialismo se superarían en todo el mundo. El plan de John Quincy Adams de crear una “comunidad de principio” entre repúblicas plenamente soberanas, a las cuales, no obstante, las unirían los objetivos comunes de la humanidad, fue la noble realización de la idea del Derecho internacional del pueblo, tal como la estableció la Paz de Westfalia de 1648. Por desgracia hoy, es obvio que en los últimos años Estados Unidos ha mantenido su promesa para la comunidad internacional tan poco como King se quejaba que lo hacía para los ciudadanos negros en su tiempo. Pero ahora, con la contienda presidencial estadounidense, se presenta una oportunidad única, y quizás también la última, de infundirle nueva vida a los ideales de la Revolución Americana, y de John Quincy Adams, Abraham Lincoln, Franklin Delano Roosevelt y Martin Luther King.

Una amenaza sin precedente

Nunca en toda su historia a la humanidad la habían amenazado peligros más grandes que ahora. Atravesamos la fase final de un crac sistémico del sistema financiero mundial, cuyos efectos hiperinflacionarios ya han acarreado disturbios por el hambre en más de 40 naciones, y también amenazan enormemente la calidad de vida de la mayoría de la población en las llamadas naciones industrializadas. El sistema de libre comercio irrestricto que se asocia con la globalización ha fracasado por completo, y amenaza con hundir al mundo en un caos que pone en peligro la vida de muchos millones, si no es que de miles de millones de personas.

Mientras que en los 1950 y 1960 aún imperaba la idea de las Décadas de Desarrollo de la ONU —o sea, la perspectiva de que el subdesarrollo de las naciones del Tercer Mundo se superaría cada década, paso a paso, para alcanzar tan pronto como fuera posible el nivel de las naciones industrializadas—, en algún momento a mediados de los 1960 se impuso un cambio de paradigma en el que ya no se hablaba de vencer el subdesarrollo mediante la construcción de infraestructura, industria y agricultura, sino de “sobrepoblación”, “tecnología adecuada” y “desarrollo sustentable”. En vez de producir comida para el bienestar de sus propias poblaciones, los países en vías de desarrollo debían producir, cada vez más, los llamados “cultivos comerciales” para la exportación, a fin de pagar su deuda externa, la cual había crecido de manera ininterrumpida por las condiciones del FMI.

En las naciones industrializadas, este cambio de paradigma las llevó cada vez más lejos de la producción, hacia la especulación. En Europa, esto ha transformado la cooperación previa entre Estados nacionales soberanos, en una pesadilla librecambista dirigida desde Bruselas por una burocracia supranacional, al mismo tiempo que se ata de manos a los gobiernos con los desastrosos tratados de Maastricht y de Lisboa. Mediante la así llamada “deslocalización” a los países de producción con salarios bajos, los sectores productivos pequeños y medianos, y los empleos altamente calificados de las naciones industrializadas, se destruyeron en muchos lugares, en tanto que desde la perspectiva de la economía física, el ingreso real en los países con salarios bajos no cubría el costo verdadero. Con esta política librecambista, en los últimos 40 años se han destruido capacidades industriales y agrícolas importantes. Una pequeña fracción de la población se hizo obscenamente rica en todos los países, mientras que el 80% restante se volvió aun más pobre. La situación empeoró cada vez más, hasta el grado contra el que Gandhi escribió en referencia a los amos coloniales británicos, sobre “la riqueza sin trabajo, el placer sin conciencia, el conocimiento sin carácter, el comercio sin moralidad, la ciencia sin humanidad, la devoción sin sacrificio y la política sin principios”.

El modelo de la globalización y el libre comercio es un fracaso probado, como lo demuestra, y no poco, el desplome final de la ronda de Doha de negociaciones comerciales de la OMC en Ginebra. Por tanto, es de suma urgencia que de nuevo pongamos sobre el tapete las ideas que ha propuesto antes, por ejemplo, el Movimiento de los No Alineados en la conferencia de Sri Lanka de 1976 con la llamada resolución de Colombo, a saber, la demanda por un nuevo orden económico mundial más justo que le permita a todos los pueblos y a todas las naciones del planeta una vida humana en libertad y la búsqueda de la felicidad, como lo exige la Declaración de Independencia.

La última oportunidad

La próxima Asamblea General de las Naciones Unidas, que este año inicia el 26 de septiembre en Nueva York, quizás sea la última oportunidad de poner en el orden del día los intereses de toda la humanidad, y no los de unos cuantos especuladores. Si dirigentes valerosos de varias naciones se comportan como lo hicieron personajes destacados, tales como el ex Ministro de Relaciones Exteriores guyanés Fred Wills en 1976, o el ex Presidente mexicano José López Portillo en 1982, entonces podemos poner en marcha la reconstrucción de la economía mundial, con tiempo suficiente, a la caída del sistema.

Lo que la humanidad necesita hoy son individuos con la visión y el amor por la idea de la comunidad internacional para tratar la cuestión de un nuevo orden económico mundial más justo. Esta resolución es un llamado a los representantes de todas las naciones para trabajar por esta meta. Y entre más fuerzas insten a los tres precandidatos presidenciales que aún están en la contienda a honrar la promesa de la Constitución y la Declaración de Independencia de Estados Unidos para todas las naciones del planeta, mayor es la posibilidad de que esta nación pueda retomar el papel positivo que desempeñó en tiempos de Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, John Quincy Adams, Abraham Lincoln y Franklin D. Roosevelt.