Dick Cheney enloquece por las denuncias de LaRouche

por Jeffrey Steinberg

Según fuentes bien versadas de Washington, en octubre de este año hubo una serie de discusiones acaloradas, a puerta cerrada, en la oficina del vicepresidente estadounidense Dick Cheney. El tema era si lanzar o no una campaña pública de vilipendios contra el precandidato presidencial demócrata Lyndon LaRouche, por la campaña de éste, de un año para acá, por desenmascarar a Cheney como líder de una facción belicista "neoconservadora" dentro del Gobierno de Bush, que es la que ha orquestado la desastrosa expedición militar en Iraq y otros planes de emprender aventuras bélicas desquiciadas en otras partes del mundo, para dar pie a un imperio estadounidense unilateral.

Mientras que algunos colaboradores de Cheney se oponían a enfrentarse con LaRouche en campaña abierta, algunos de los más bravucones, tales como el propio Vicepresidente y su oficial mayor, Lewis "Scooter" Libby, se sabe insistían que no se dejaran sin respuesta las cortantes denuncias de LaRouche. El 24 de noviembre, con la publicación de un mezquino artículo difamatorio por el escriba neoconservador Kenneth R. Timmerman, en la revista Insight, propiedad del emporio seudorreligioso de Sun Myung Moon, quedó claro que Cheney y compañía han resuelto seguir adelante con la campaña de vilificación contra LaRouche.

En Europa también se adelantó una campaña de calumnias contra LaRouche, emanada de Inglaterra a iniciativa de los amigos de Cheney, que se ha propagado a Alemania y otras partes. El presunto tema de los infundios en Europa es la muerte de un joven británico que se suicidó tras su participación en una conferencia de jóvenes del Instituto Schiller (vinculado con LaRouche) en Alemania. Pese a una meticulosa investigación de las policías tanto de Alemania como de Gran Bretaña, siguen difundiéndose mentiras sobre este incidente en publicaciones de corte "neoconservador" en ambos países, causando confusión en algunos medios europeos. La publicación del ataque a LaRouche en la revista Insight de los moonies, confirma que las calumnias en medios británicos hacen parte de la misma campaña de operaciones sucias orquestada por Cheney y sus colaboradores para tratar de descarrilar la campaña presidencial de LaRouche en los Estados Unidos.

Inteligencia insurrecta

El artículo del 24 de noviembre en Insight, acompañado por una foto del subsecretario de Defensa Doug Feith y el jefe de la Oficina de Planes Especiales (OPE) del Pentágono, William Luti, acusa a Lyndon LaRouche de ser el arquitecto de una campaña para pintar a la OPE como una "camarilla de inteligencia insurrecta", responsable por la falsificación de inteligencia para lanzar una guerra injusta contra Iraq. Timmerman, cuya diatriba antilarouchista cuenta también con el apoyo del propagandista neoconservador Frank Gaffney, por conducto de su sitio electrónico Center for Security Policy (Centro de Política de Seguridad), lamenta que "toda esta ridiculez podría volverse cosa seria si prevalecen los demócratas del Senado, encabezados por el senador John D. Rockefeller IV, de Virginia Occidental, vicepresidente de la Comisión Selecta de Inteligencia del Senado (CSSI)".

Rockefeller ha comprometido a la CSSI en una investigación formal de la OPE, y en una carta del 1 de octubre al subsecretario Feith exigía respuesta a una serie de preguntas. En una carta posterior, del 30 de octubre, al secretario de Defensa Ronald Rumsfeld, firmada conjuntamente por Rockefeller y el senador republicano Pat Roberts, de Kansas, presidente de la Comisión, ambos le dan al Pentágono 24 horas para entregar material incriminatorio y presentar testigos.

De hecho, el 27 de octubre Feith había presentado un memorando a la CSSI, con un anexo supersecreto en el que se ofrecían presuntas "pruebas" de que Saddam Hussein sí tenía que ver con los ataques terroristas de al–Qáeda contra Washington y Nueva York del 11 de septiembre de 2001. El anexo "supersecreto" de Feith, sin embargo, se le filtró también a la publicación neoconservadora Weekly Standard, que en su edición del 14 de noviembre publicó largas citas del documento clasificado, bajo un vistoso encabezado que rezaba "Caso cerrado"; es decir, que las mentiras de Cheney sobre el papel del dictador iraquí en los ataques del 11 de septiembre supuestamente quedaban "demostradas".

Auténticos expertos de inteligencia, sin embargo, hicieron papilla la sinvergüenzada del Weekly Standard en defensa de su camarada Dick Cheney, basada en regurgitar indigesto el cuento de hadas de la relación entre Saddam Hussein y Osama bin Laden. El coronel Pat Lang, ex director de la sección del Oriente Medio de la Agencia de Inteligencia de Defensa, en un debate del 20 noviembre por CNN con Stephen Hayes, autor de la fantasía del Weekly Standard, mostró de forma contundente que el memorando de Feith recoge una selección arbitraria de informes de inteligencia sin corroboración ni análisis. Y el 19 de noviembre el ex funcionario de la CIA Larry Johnson había declarado, en una entrevista con la publicación capitalina The Hill, que "si alguien dudaba que existiese tal cosa como inteligencia con propósito [predeterminado], éste es el caso más patente. El simple hecho de que alguien diga algo y lo estampe con el sello de 'clasificado', no quiere decir que sea cierto".

Hedor a Watergate

La filtración del memorando de Feith a la prensa neoconservadora coincide con el hurto de memorandos de personal del Partido Demócrata en la CSSI, así como de la Comisión Judicial del Senado. Es sabido que tanto estos hurtos como su filtración al Wall Street Journal, el Washington Times y el tábano de la radio derechista Sean Hannity, todos apuntaban a amedrentar a los demócratas y reducirlos a una posición defensiva, para permitirle a Bill Frist, senador de Tennessee y líder de la mayoría republicana en el Senado, parar del todo las investigaciones de la Comisión Selecta de Inteligencia, con el pretexto de que los demócratas estaban manipulando asuntos de seguridad nacional con propósitos "partidistas", en medio de la presunta "guerra contra el terrorismo".

Varias fuentes han confirmado que el cierre de las investigaciones de la CSSI, acción de Frist sin precedentes en la historia del Senado, sucedió por órdenes directas del Vicepresidente. No obstante, todo el asunto se les vino encima cuando Rockefeller, sin dejarse intimidar, elevó el caso a una investigación penal de los hurtos y filtraciones de documentos confidenciales.

El 21 de noviembre el oficial de orden del Senado, Bill Pickle, aseguró cuatro computadoras de las oficinas de la Comisión Judicial del Senado para determinar cómo fueron robados memorandos internos del personal de los senadores demócratas Edward Kennedy, por Massachusetts, y Richard Durbin, por Illinois. Tanto la CIA como la CSSI han exigido al Departamento de Justicia investigaciones parecidas por la filtración del memorando de Doug Feith con su anexo "supersecreto", y el hurto de un memorando interno al senador Rockefeller.

Pesa en Washington el hedor a Watergate, pero esta vez el blanco no es el Presidente, sino el vicepresidente Dick Cheney.

Timmerman hace el oso


El director de la CIA, George Tenet, presuntamente ha dicho a varios
representantes y senadores que está convencido de que el Pentágono
autorizó operaciones encubiertas ilícitas.

Fue en el marco de esta creciente pelea por la suerte del vicepresidente Cheney, que la revista Insight publicó la diatriba de Timmerman. En ella, éste defiende la legitimidad de la Oficina de Planes Especiales —revelando, de paso, haber tenido acceso directo a esa oficina y a su lista de visitantes— y luego plantea lo siguiente:

"Cómo pudo, pues, una legítima y eficaz oficina de planeación para Iraq, ser pintada como una nefasta 'cábala'? Por increíble que parezca, todo comenzó con el teórico de conspiraciones Lyndon LaRouche, sediciente aspirante a la candidatura presidencial del Partido Demócrata, quien dijo en marzo que una 'cábala' de conservadores pro israelíes, que él llamó 'hijos de Satanás', manejaba una operación clandestina en el Pentágono. Su misión: inventar inteligencia y arrastrar a los Estados Unidos a una guerra innecesaria, todo a instancias de Israel. Todo era muy oscuro, tenebroso y conspiratorio. Si los periodistas responsables hubieran cumplido sus obligaciones, este cuento nunca hubiera salido del sitio electrónico de LaRouche a luz".

Despotricaba Timmerman: "En cambio, como un virus que salta de especies animales a la humana, el cuento apareció en un artículo de Seymour Hersh en el New Yorker del 6 de mayo". De ahí, Timmerman pasa a quejarse de que el material de LaRouche —incluido lo que dice sobre el papel del finado Leo Strauss, gurú intelectual de los neoconservadores— logró trascender a las páginas del Time, el Guardian y decenas de publicaciones de la "gran prensa".

Como resultado de todo ello, lamenta Timmerman, "ahora los senadores Rockefeller y Carl Levin (demócrata, por el estado de Michigan) acusan a la oficina de Luti de organizar de manera ilícita operaciones de inteligencia clandestinas en el exterior". Entre los argumentos que Timmerman atribuye, en últimas, a LaRouche, están que la OPE coordinó sus operaciones de inteligencia con una "unidad ad hoc" del primer ministro israelí Ariel Sharon, y que el personal de la OPE sostuvo reuniones ilícitas con agentes iraníes en el exterior.

Timmerman cita a un funcionario anónimo del Ejecutivo, quien teme que "esto es material como el de la Comisión Church", en referencia a una investigación especial del Senado sobre impropiedades de la CIA y el FBI en los 1970. Que hubo impropiedades, empero, las hubo. La OPE fue organizada en el Pentágono, en parte, para hacer formulaciones de inteligencia "fuera de serie", con el fin de impulsar una guerra que Cheney y compañía ya habían decidido lanzar. Esta unidad, presuntamente comandada por Luti Feith en el Pentágono, en realidad era coordinada por Libby, como agente del propio Cheney, según personal informado.

El director de la CIA, George Tenet, presuntamente ha dicho a varios representantes y senadores que está convencido de que el Pentágono autorizó operaciones encubiertas ilícitas que, para poder llevarse a cabo, requieren dictámenes presidenciales. Se trata, pues, de delitos graves, mucho más que los que dieron pie al escándalo de Watergare. Y eso no va a cambiar en absoluto con echarle la culpa a LaRouche por denunciar a Cheney.