La Maritornes: una taberna de
prostitutas fascistas


Don Quijote y el arriero se pelean por Maritornes. Grabado de Gustavo Doré

por Lyndon H. LaRouche
A manera de prefacio

Las implicaciones del reciente incidente en relación a Maritornes[1] debiera impulsarnos a refinar y mejorar la práctica indispensable de las funciones de contraespionaje de nuestra asociación, funciones de las que pudieran depender a un grado sumo nuestra existencia continua como asociación, y otras cosas, en estos momentos. Ya que yo desempeño un papel de conducción único en lo que toca a la presente crisis que encara la república de Estados Unidos, esta mejora propuesta de nuestra función de inteligencia es necesaria para poder librar una lucha lo bastante buena, tanto para defender a Estados Unidos de América de las conjuras sinarquistas que al presente embisten, tales como la que representa el caso Maritornes, así como para el propósito relacionado de rescatar a la civilización mundial que peligra al presente, del borde de una catástrofe generalizada.

Primero trazaré aquí el asunto decisivo del principio del que depende la inteligencia estratégica competente, al igual que el contraespionaje. Más adelante enfocaré sobre la aplicación de ese principio a la suerte de caso de contrainteligencia que implican los recientes sucesos en torno a Maritornes.

El princicipio sobre el que descansa la prueba de esas conexiones decisivas a veces se llama "presciencia". El sujeto de este informe muy bien podría llevar el subtítulo de "El papel indispensable del concepto de la presciencia para la práctica de la inteligencia estratégica". A ese fin, procedo a partir de las siempre pertinentes implicaciones latentes del ataque de Gauss contra Euler, Lagrange, etc, en el teorema fundamental del álgebra de 1799, del propio Gauss, como sigue.

Empezaré con un material que es esencial, y que se presentará aquí de la forma más comprensible posible para hacerlo accesible a un público que incluya a legos. Sin embargo, más adelante algún material que presenta un mayor desafío para los legos y otros, tendrá que abordarse por sus implicaciones esenciales para la materia bajo consideración.

1.  Cómo defender nuestro interés nacional


Academia militar de West Point

Es más o menos bien sabido por algunos de nuestros proverbiales veteranos, y también en ciertos nichos encumbrados de la institución de la Presidencia de EU, que yo, por más de un cuarto de siglo hasta la fecha, he añorado la creación de una academia nacional estadounidense de inteligencia comparable a West Point. Fue este cometido mío el que impulsó a instituciones pertinentes a darme acceso, en 1983–1984, a una dotación generosa de documentos desclasificados de servicios de inteligencia nuestros y algunos franceses sobre el sinarquismo y temas relacionados, que datan del intervalo de aproximadamente 1922–1945.

Recibí esta documentación, por conduto del Archivo Nacional, en el marco pertinente de mis conversaciones informales con el Gobierno soviético en 1982–1983, sobre lo que el presidente Reagan vino a llamar la "Iniciativa de Defensa Estratégica".

El flujo de esta documentación cesó poco antes de que emergiera a la luz pública un arranque desenfrenado de esfuerzos en concierto, tanto de los neoconservadores estadounidenses y los soviéticos, como de otros aterrados oponentes de esa iniciativa; esfuerzos en extremo hóstiles, que incluían algunas amenazas serias de asesinarme, hasta con la complicidad de ciertos círculos corruptos del Gobierno de EU. Estas amenazas y ataques, que incluyen la versión fraudulenta sobre el asesinato de Olaf Palme propalada por el Washington Post y otros en 1986, fueron continuadas durante el intervalo de 1984–1989 por facciones dentro y fuera del Gobierno de EU en esa época, con la intención de borrarme del mapa a mí y a organizaciones anejas a nivel internacional.

No obstante, el propósito de los pasos que dieron previo a 1984 los círculos pertinentes de EU que me suplían de documentos antes secretos sobre los sinarquistas y asuntos relacionados, era invitarme a incorporar las conclusiones de allí derivadas, a reexaminar las lecciones que pudieran aprenderse de las experiencias de los servicios de inteligencia estadounidenses —incluyendo el del Ejército de EU, y la Organización del Servicio Secreto— de esa época.

El interés común que compartíamos en este esfuerzo era el de mejorar las instituciones de inteligencia de EU, cuyo funcionamiento recae bajo la autoridad que le concede la ley al director de Inteligencia. Nuestra preocupación era desenmascarar los errores que fueron la causa principal de una serie de fracasos estratégicos pasmosos, sufridos por nuestra dirigencia nacional, luego de la exitosa apertura de la brecha en la cabeza de playa de Normandía en 1944. Entre los fracasos pertinentes está la campaña de guerra nuclear preventiva emprendida a medidados de los 1940, la guerra de Indochina, y la transformación de la sociedad más productiva del mundo, en la masa de escombros económicos y culturales "posindustriales" que hoy prevalece.

Fue, por ejemplo, a través de repasar precisamente los hechos detallados de esos archivos del período de 1922–1945, que por primera vez, en 1984, pude definir con exactitud ciertos apectos decisivos que siguen teniendo implicaciones, del papel rector del partido nazi en la creación de una red de la sinarquía internacional, tal como la del fascista español Blas Piñar, vinculado al terrorismo, que todavía opera en México y en otras partes de América hoy. Aunque esa información encajaba perfectamente con mi evaluación previa del fenómeno de las insurgencias fascistas de 1922–1945, el precisar el factor sinarquista, por nombre, que había estado detrás de estos fenómenos que todavía persistían, fue algo nuevo para mí en ese momento. Representa conocimiento añadido que ha probado ser un beneficio de importancia decisiva, entonces y ahora.

Mi razonamiento pertinente fue, en lo esencial, que mi conclusión, en mi condición de alguien ajeno a la élite de seguridad nacional, era que, aunque la Agencia Central de Inteligencia (CIA), por ejemplo, pudiera ser escrupulosa —de permitírsele serlo— al examinar a agentes potenciales en cuanto a sus cualidades tanto de lealtad como de competencia profesional en los campos pertinentes, la dependencia de las universidades de EU como fuente había creado un serio problema de desorientación ideológica dentro de las instituciones pertinentes. Yo sería un intruso, pero las pruebas en este sentido no son en modo alguno secretas; ciertas conclusiones cardinales eran innegables. Esta característica de desorientación frecuente que yo había observado era resultado, entonces y ahora, de la influencia combinada de engendros del liberalismo empirista angloholandés, principalmente.

Entre los objetivos de mi interés de contraespionaje en este respecto, está el efecto de una gran dosis —aplicada durante el transcurso de mi vida al Instituto Princeton, a la Universidad de Chicago del cómplice de Bertrand Russell, Robert Hutchins, y a otras partes— de ese influjo de corrupción asociado con los lados menos agradables de tales corrientes morbosamente decadentes importadas de Europa Central, como el romanticismo y el positivismo lógico húngaro, austríaco y alemán, el existencialismo, la fenomenología, la vileza de la Escuela de Fráncfort, y demás. Esa polución ha inundado las universidades estadounidenses desde entonces.

Es esta corrupción, así originada, que se caracteriza por la prevalencia de la enseñanza de las filosofías existencialistas pro nazis de Nietzsche, Heidegger y demás en las escuelas de filosofía y otras de las universidades y otras instituciones, incluyendo iglesias nominalmente católicas y de varias otras denominaciones hoy. Esto puede verse comparando los anaqueles de las librerías universitarias y otras hoy, con los de apenas hace un cuarto de siglo.

Por ejemplo, todas estas corrientes ofensivas en la vida académica y profesional relacionada contemporánea de EU, tienden a fomentar valoraciones de la configuración de normas económicas que han probado ser mortíferas para nuestro interés nacional en décadas recientes. Entre las peores de entre estas influencias subversivas se cuentan las corrientes extrañas dominadas por aquéllas partidarias de la Ilustración, reduccionistas en lo filosófico, así como reliquias más oscuras del brutal pasado medieval normando–veneciano de Europa, que continúa expresando hoy la sífilis del sinarquismo internacional.

El papel desempeñado por esas desorientaciones del siglo pasado, causadas por la invasión de esas fuentes intelectuales corruptoras a nuestra república, ha probado ser peor en sus efectos que las influencias destructivas que representaron antes los Gobiernos de los presidentes Coolidge y Hoover.

El desafío notable así ubicado es que, aquellas personas y corrientes educadas con esa combinación de filosofías reduccionistas corruptoras, han tendido a forzar a las víctimas a ver la historia del lugar que ocupa nuestra república en el orden de las cosas, desde la falsa perspectiva de filosofías que, de hecho, eran cada vez más contrarias a la verdadera intención y perspectiva de la fundación y desarrollo de nuestra república.

Para combatir esta subversión requeriríamos un suministro de candidatos bien educados para nombrarlos como funcionarios diplomáticos y de inteligencia, quienes reflejarían una perspectiva de verdad patriótica de los orígenes históricos de nuestra república en la tradición clásica, que se remonta, en las sombras de las grandes pirámides de Egipto, a la Grecia de Tales, Solón, Pitágoras, Sócrates y Platón, y al revivir de esa tradición clásica que trajo el Renacimiento del siglo 15. Esta es la tradición cultural eucuménica de la que son representativos los apóstoles cristianos Juan y Pablo; y también, de modo enfático, la tradición representada por ese Moisés Mendelssohn, personaje central inerradicable del renacimiento clásico humanista del siglo 18, cuya memoria trataron de extirpar de las páginas de la historia alemana y universal los nazis de Hitler, y hasta algunos judíos radicalmente derechistas descarriados.[2]

La información desclasificada de marras que recibí, era con la intención de que yo enriqueciera mi capacidad de contribuir con el propósito de establecer una academia de inteligencia que EU necesitaba, y cumplió con eso.

Hay una característica relacionada de interés clínico que aparece entre muchos de los errores que exhiben los funcionarios pertinentes de EU y de otras naciones al sopesar el interés nacional. Por lo general, después de haberse hecho el proverbial "buen esfuerzo", se descubría que el autor de la patochada había dependido de ciertos factores selectos tomados en cuenta, al tiempo que no consideraba, o mal interpretaba el hecho de que son los supuestos axiomáticos persistentes subyacentes los que impulsan las pautas de conducta que conducen a lo que debiera anticiparse constituye una fuente de amenazas a nuestro interés nacional. En tanto que le hace caso omiso a tales supuestos, o recurre a supuestos erróneos, el analista errado trata de derivar un modelo de un conjunto de hechos y sucesos seleccionados, en vez de buscar los axiomas subyacentes que han y habrán de generar los sucesos pertinentes de esa clase.

En otras palabras, comete el error cardinal característico del alegato post hoc ergo propter hoc, de suponer que las tendencias son determinadas por una serie selecta de sucesos, en vez de buscar el impulso continuo de tipo axiomático que ha generado las medidas a escoger que subyacen a la alternativa expresada por una serie de sucesos pertinentes.[3]

En el transcurso de abordar ese problema de fondo en la composición de las evaluaciones nacionales de inteligencia, también ofrezco aquí las siguientes indicaciones de la experiencia que me ha conducido por el rumbo que, a lo largo de varias décadas, me llevó al punto cuando primero formulé mi propuesta para que se estableciera un instituto nacional de inteligencia, empezando a finales de los 1970.

2.  El uso del drama clásico como historia

Al mismo respecto, recientemente y de forma repetida, expresé mi deleite con la noticia de que iba a montarse una producción de la obra teatral de Clifford Odets, The Big Knife (El gran cuchillo). Este deleite vino de que reconocí el valor de esa obra para darle a las jóvenes generaciones de hoy barruntos de las causas del fracaso moral generalizado, ya sea por omisión u otras causas, de lo más representativo de las generaciones de sus padres y abuelos a partir de 1946.

Esta fue una experiencia valiosa, por cuanto la presentación de esa obra nos ayuda ahora a hacerle claro algo de importancia a la "generación X" y a los jóvenes adultos de hoy, de entre 18 y 25 años de edad. Esa obra, y otras semejantes, llaman la atención a la fuente de esa corrupción generada durante los años de Truman, que le pasaron a las generaciones sucesivas subsiguientes los jóvenes adultos de esa época anterior, para producir el horror que hoy amenaza al mundo de los jóvenes adultos de la actualidad. También nos ayuda a impartir un sentido de la forma en la que los procesos históricos han determinado la historia de la civilización europea a partir del nacimiento de esa civilización, con la ayuda de lo que Sócrates probablemente hubiera llamado la "partería" de Egipto, en lo que hoy llamamos la antigua Grecia, hace casi tres mil años.

Lo bello del tema de Odets en esa obra, es que emplea un método artístico de características clásicas, uno de especificidad histórica ejemplar, para el entendimiento del pasmoso punto de inflexión descendente en la historia de nuestros EUA de 1944 a 1952. Así, este drama expresa el mismo principio de presciencia que encontramos como el principio de composición dominante de opinión crítica de Platón de la tragedia clásica griega de su época, y en las obras de Shakespeare y Schiller.

Con frecuencia he empleado el ejemplo de la geometría como un medio para aclarar la naturaleza y el papel que tiene un principio de presciencia en darle forma a la conducta tanto de individuos como de períodos enteros de culturas nacionales y más amplias. Fue a este respecto, que mis descubrimientos absolutamente originales en la ciencia de la geometría física recurrieron al tratamiento que Riemman le da a la cuestión de la geometría en, por ejemplo, su disertación de habilitación de 1845, y en su obra complementaria, publicada de manera postuma, de reflexiones filosóficas sobre la obra de Herbart. Sólo Riemann, entonces, me proporcionó un medio para plantear de forma explícita, de una forma que pudiera comunicarse de modo pleno y aplicarse, el principio que yo había descubierto a empujones, más o menos en el mismo período (específicamente 1948–1953) en que yo buscaba la solución de mi triste experiencia: la de regresar en 1946 del Sudeste de Asia a un EU bajo la opresión del giro derechista de Truman. Fue ese el marco de mi participación en la misma experiencia colectiva que refleja de forma tan hábil el concepto de Odets de la obra de marras.

Esto nos remontará, una vez más, al planteamiento de Gauss de 1799, de la siguiente forma.

En la historia, al igual que en el método válido de abordar la ciencia física, tal como el de Kepler, Leibniz, Gauss y Riemann (un método arraigado en los principios preeuclidianos, pitagóricos, de la geometría constructiva), no hay una forma debida de permitir definiciones arbitrarias, axiomas y postulados. No se permite nada que sea comparable a esa corrupción reduccionista que prolifera en los métodos de los sofistas tales como Aristóteles, o en lo que llamamos geometría euclidiana o cartesiana. Sin embargo, en sociedades hasta la fecha, hay una mezcla de errores que por lo general pudieran clasificarse en dos clases. Por una parte, hay una falta de conocimiento razonablemente al día sobre los principios universales que son pertinentes a las actuales prácticas humanas; por otra, hay supuestos falsos, arbitrarios, de tales cosas como las llamadas "verdades de suyo evidentes". Estas últimas siempre son falsas, por ninguna otra razón necesaria que el hecho de que los incautos las tratan como de suyo evidentes.

De allí que debemos estudiar la historia de naciones reales o, de manera más amplia, de culturas, desde la óptica de un conjunto de supuestos de una calidad mixta, de simple ignorancia, o de mentiras que se tratan implícitamente como principios universales.

La noción de un principio clásico artístico de presciencia surge como una reflexión de una acostumbrada falta general de sensibilidad al impacto práctico que tiene la falta de prestar atención al modo en el cual los supuestos implícitos de verdad universal, tales como definiciones, axiomas y postulados, afectan el comportamiento social de sociedades. El efecto con frecuencia logra expresión en esas formas que a veces han conducido al desplome de culturas enteras, y hasta a la extinción de una rama de la cultura humana. He encontrado que la mayoría de la gente hoy, por ejemplo, está lastimosamente inconsciente de los supuestos que en realidad controlan la mayor parte del comportamiento tanto de las masas como de los individuos en las naciones, incluso a los más altos niveles de poder. La necesidad de crear conciencia de problemas de esta índole, es de importancia decisiva para desarrollar una práctica competente de la inteligencia estratégica.

Por ejemplo, la gente que acepta el aristotelismo, el empirismo, el existencialismo o simplemente el populismo, en la práctica no tiene ninguna capacidad intelectual competente de la suerte necesaria para mirar detrás de los supuestos de suyo evidentes, u de otros supuestos semejantes a axiomas, que no sólo controlan sus opiniones, sino que funcionan como los hilos de un títere al controlar su comportamiento de formas de las que, en esencia, no se es consciente. Los populistas de esa estirpe han hecho de la misma expresión "práctica" una palabra sucia y hasta implícitamente traidora.

En los aspectos relacionados de las funciones de información nacional, hay una cierta división entre recabar la información, y digerirla en la forma que responde a la pregunta: ¿a dónde yacen nuestros intereses nacionales? La respuesta a esto por lo regular no se encuentra donde propone alguno de los presentes dogmas de moda o rebelde; la función de inteligencia nacional debe tener la responsabilidad de poner al descubierto, por encima de todo, las implicaciones prácticas históricas del dogma reinante generalmente aceptado, aun el de nuestra propia nación, que hoy amenazan. Los peores desaciertos con frecuencia son los de las principales instituciones de una nación, como el que la Presidencia, hoy dominada por Cheney, pudiera perpetrar contra todos nosotros. La función de la inteligencia nacional al más alto nivel debe concentrarse en determinar qué nociones de interés nacional deben aplicarse para evaluar los efectos perniciosos a mediano y largo plazo que resultarían de continuar la práctica del dogma hoy vigente.

El dogma no debe juzgar las evaluaciones de la inteligencia nacional; más bien, las evaluaciones de inteligencia nacional deben suplantar al mero dogma, aun el dogma oficial del momento. Esta podría ser una tarea difícil para agencias que tienen que tratar con un presidente tan simplista y puramente prejuiciado como George W. Bush, pero tal vez eso sólo demuestre que necesitamos una nueva calidad de presidente, uno más receptivo a las ideas serias que exige un período de crisis graves.

El giro derechista de 1945–1952

Inicio la porción que sigue de mi razonamiento enfocando en el tema de la presciencia.

Pausemos aquí por un momento para pasar revista al grueso de mi conversación con el productor de The Big Knife de Odets, sobre mi propia experiencia personal con el tema de esa obra teatral. Esa conversación, de la que se recapitulan algunos elementos esenciales aquí hoy, los introducirá a dos temas interdependientes. Primero, demostrará el significado de ese término, "especificidad histórica" que subyace toda representación de tragedia clásica, y también de la historia de la vida real. Segundo, demuestra que el mismo principio es decisivo para realizar la tarea pendiente de la inteligencia estratégica, tal como entender por qué la actual civilización mundial esta al borde de sumirse en una nueva y prolongada edad de las tinieblas global hoy.

Yendo al punto planteado: aun a lo largo de 1933–34 yo experimenté el surgimiento gradual de un relativo optimismo entre aquellas porciones del pueblo estadounidense a las cuales estaba expuesto en ese tiempo, y de la manera más enfática, a los miembros de mi propia generación. Aun en las condiciones todavía deprimidas de 1938, la era de Roosevelt representaba un repunte penosamente lento, pero, no obstante, seguro. Esto prevaleció hasta julio de 1944, cuando los barruntos de la temprana derrota final de Alemania y Japón dieron pie a un espíritu de optimismo entre los estadounidenses en general (tomando en cuenta una porción normal de excepciones a esto). Desafortunadamente, la traición a los conjurados alemanes de julio por aquellos que, del lado de los aliados, querían prevenir la rendición "prematura" de Alemania, señaló que se desataba un giro a la derecha, contra Franklin Delano Roosevelt, entre los aliados, incluyendo ciertos círculos de EU entonces.[4]

De súbito, como yo experimenté esto entre mis camaradas soldados en ese entonces, ese optimismo menguó al oírse las primeras noticias de la muerte del presidente Roosevelt. El día de la victoria en Europa fue jubiloso, pero el de la victoria contra Japón no. Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki agriaron la victoria. Para la primavera, de vuelta a EU, las cosas empezaban a ponerse negras.

Los veteranos que regresaban y sus esposas ambiciosas en extremo, estaban inquietos, ansiosos de "compensar" lo que para muchos de ellos eran "cinco años perdidos". Al héroe de la guerra con frecuencia se le trataba en su casa como "ese vago que está haraganeando en el sofá"; el mensaje que recibía ese veterano del servicio militar era: "¡Levántate, patán holgazán desagradecido, y atiende los intereses de tu familia". Esa generación en lo general, estaba apurada a establecer familia, a aprovechar la vía rápida que ofrecía la educación superior, que tal vez podría conducir pronto a los grandes billetes y al nuevo estilo de vida que deseaba. Andaban apurados, y no siempre eran escrupulosos en cuanto al daño moral y de otra índole que pudieran causarse a sí mismos y a otros en su celo incauto por apurarse.

Así que en 1947 le escribí una carta breve al general Dwight Eisenhower, implorándole que contendiera por la candidatura presidencial demócrata en contra del presidente Truman, alegando de forma sucinta que lo hiciera para evitar que se traicionara ese orden mundial mejor, que muchos de nosotros habíamos pensado era la promesa implícita de la conducción de Franklin Delano Roosevelt durante la guerra. Eisenhower respondió describiendo mis preocupaciones como "incuestionables", pero aseveró que éste no era su momento para buscar la Presidencia. Yo estaba en lo correcto en cuanto a mi planteamiento y, a su manera, Eisenhower también en el suyo. Pero, para 1948, todo en lo político era feo. Un pánico "derechista" —del cual el posterior "macartismo" fue una mera continuación del "trumanismo"— había hecho presa de la mayoría de la población con total y pasmosa mezquindad.

Cuando Eisenhower remplazó a Truman el mundo vino a ser de súbito un lugar relativamente más seguro en el cual vivir; pero se le había hecho un daño grande, esencial, a los veteranos de la reciente guerra, y también a sus hijos, los llamados "sesentiocheros", que asimilaban la corrupción sembrada en la gente y en las instituciones de EU en la era de Truman.

Este cambio, como fue experimentado en EU en los años de 1945 a 1948, ubica el púnctum saliens de The Big Knife de Odets. Es un cambio que fue específico de esas circunstancias históricas exactas, después de las cuales el pueblo de EU nunca sería el mismo que antes fue, bajo Franklin Roosevelt, o en cualquier otro período de la historia de nuestra nación.

El meollo de este cambio para el mal fue un nuevo conjunto de "valores" axiomáticos. Pocos de esa generación y la próxima, que vivieron en ese tiempo de cambio como adultos y, en especial, como jóvenes adultos, supieron lo que les pasó a sus mentes; andaban tan apurados que no tuvieron tiempo de descubrir para dónde iban en realidad.

Los más astutos de la primera de esas generaciones —los de la generación que fue a la Segunda Guerra Mundial—, tales como el autor teatral Odets, pudieron señalar con precisión un sentido de una fuerza de cambio que guiaba el impulso de los años de la posguerra en una nueva, y peor, dirección. Odets era a todas luces un autor teatral con suficiente perspicacia como para reconocer que son las tendencias las que determinan los sucesos, no un conjunto de sucesos selectos, sino las tendencias. Los grandes dramaturgos, y algunos actores clásicos, sí desarrollan un sentido de presciencia más agudo, como lo hicieron Shakespeare y Federico Schiller, por la naturaleza de los retos que plantea enfocar con seriedad la práctica de su profesión. De los hechos que conozco de mi propia experiencia independiente de esa época, puedo atestiguar, sin lugar a dudas, que Odets vio las tendencias que vi yo, y que sintió la traición que embestía a la causa de nuestra nación, de la misma forma que yo en ese entonces; pero la misma realidad que abrumó su conciencia aterrada, causó en mí, por el contrario, la búsqueda de una forma de luchar aun contra fuerzas superiores. Esto es lo que quiero decir al referirme a su "presciencia" y la mía.

Esa clase de "presciencia" es la antesala de la hipótesis platónica. En tales tiempos queda demostrado que algo paradójico ha tenido parte en el asunto, dándole forma a "el modo como suceden las cosas", una forma distinta a "como iban las cosas" antes.

En la ciencia, como en el caso del singularmente único descubrimiento original de Kepler de la gravitación universal, las presciencias de esta clase impulsan al descubridor, como hicieron conmigo, a buscar una hipótesis bien definida, la cual, de comprobarse, sirve de acceso para dominar un principio físico universal recién descubierto. En mentes menos desarrolladas, la "presciencia" de un período tal como el de la relativa decadencia de los años de Truman, se siente, pero nunca se aborda con eficacia.

En manos de los mejores artistas, la presciencia de semejante período de la historia es presentada como una tragedia clásica, cuyo punto de referencia siempre es un lugar y un tiempo específico de la historia real. De allí que el Ricardo III es una obra maestra de penetración en el carácter de principio de la caída del poderío normando, Plantagenet y Anjou, que había reinado en Inglaterra desde la conquista normanda. Así, en la tesis de la obra de Odets, no hay un tiempo ni lugar en el universo donde pueda situarse la obra para su "interpretación" honesta, fuera de las circunstancias históricas específicas en las cuales sucedieron en realidad los hechos. Ese es el principio del drama clásico que rige la ejecución o "interpretación" competente de la obra teatral, lo que llamamos el principio de especificidad histórica

La corrupción de la obra clásica típica de los románticos, por ejemplo, yace en el intento de la mente estrecha de extraer una perogrullada moralizadora relativamente infinita del drama, mediante el truco de remplazar el principio expresado como la "presciencia del drama" con alguna pequeñez práctica moralizadora, de una forma descuidadamente generalizada y con frecuencia dogmática.

Esta clase de moralización trivial de corte académico la expresan los pedantes dogmáticos como una suerte de "aplanar" las facultades intelectuales superiores, simplificándolo todo con generalizaciones más fáciles hechas a la ligera, y evitando cualquier consideración de una bien definida cualidad científica de principio pertinente. Esta es la suerte de mente que lo ha aprendido todo, pero sabe poco más o menos que nada. Lo que impele a los románticos a salir con esas "explicaciones" a la ligera, es la fuga al estilo del pedante presa del pánico, del dominio cognoscitivo, donde las mentes ven las acciones como fruto de principios, hacia una suerte de visión ahistórica de la historia como un juego de conectar los puntos, como una maraña de escándalos.

La historia, la música y el drama en tanto ciencia


A los instrumentos musicales les enseña a cantar la imagen de la voz cantante humana concebida por el compositor y el ejecutante; y las arcas de instrumentos musicales clásicos evolucionaron para cumplir este requisito de la ejecución.

Consideren la composición clásica, como en el caso de la escultura clásica y, de manera comparable, en los principios específicamente antirrománticos de composición y ejecución desarrollados de forma sucesiva por la obra de toda una vida de tales rigurosos compositores clásicos antirrománticos como J.S. Bach, Josef Haydn, Wolfgang Mozart, Ludwig Beethoven, Franz Schubert, Félix Mendelssohn, Robert Schumann, y Johannes Brahms. Vean la historia real a través de las tragedias basadas en la historia y la leyenda de escritores tales como Esquilo, Shakespeare y Schiller. Tal es el gran arte clásico en todas sus manifestaciones. Las tragedias clásicas comparten en común la distinción cualitativa —a diferencia de cualquier otro intento de componer arte, y también de ejecución de composiciones clásicas— de tener como premisa el papel decisivo que tiene la presciencia de un punto de inflexión en el proceso histórico–específico, que es el tema que define esa composición.

Tomen el caso de la composición musical clásica como un ejemplo de arte definido de una forma clásica, por un proceso histórico real.

La composición musical clásica, incluyendo el concepto del buen temperamento (a diferencia del temperamento igual), tiene raíces profundas en la civilización europea extendida al orbe. El principio era conocido por la Academia de Platón en Atenas; Platón hace referencia explícita a ello en su Timeo, y Johannes Kepler le hace eco a Platón al respecto a través de desarrollar la ciencia física moderna. En la civilización europea moderna a partir de J.S. Bach los conceptos claros de pertinencia decisiva para el desarrollo de la composición se arraigan en lo esencial en el énfasis dado a la aprehensión de las características, de una forma específicamente florentina, del bel canto, del connjuto integrado del arca de voces cantantes humanas. (El concepto de un cuerpo de "música instrumental", distinto a la música vocal, no existe en realidad dentro del dominio de la composición clásica. A los instrumentos musicales les enseña a cantar la imagen de la voz cantante humana concebida por el compositor y el ejecutante; y las arcas de instrumentos musicales clásicos evolucionaron para cumplir este requisito de la ejecución. El concepto de "música instrumental" que pretenda imitar la composición clásica y su ejecución por algún medio instrumental "independiente", pertenece al dominio irracional del romanticismo, o de algo peor).

La música definida por medio de un arca antirromántica de voces cantantes humanas, desarrolladas mediante el bel canto florentino, se establece con el desarrollo del sistema bien temperado de contrapunto de Bach. Prácticamente no hay nada en la composición clásica a partir de entonces, que no descanse de manera directa en la fundación del desarrollo de Bach. En este punto del presente informe, quiero recalcar la característica específicamente histórica de que el desarrollo de toda composición y ejecución competente de música clásica no se arraiga en ninguna otra cosa que la obra de Bach que la precedió.

Por ejemplo, fue a través de la influencia directa de Carl Philipp Immanuel Bach, uno de los hijos de J.S. Bach, que el joven Josef Haydn desarrolló la fase inicial de sus logros. Fue la influencia directa de la obra de Bach en Haydn y también en Wolfgang Mozart, a partir de las veladas realizadas en torno al salón de Van Swieten en Viena empezando más o menos en 1782, que el legado de Haydn y Mozart le fue transmitido a un Beethoven que ya estaba instruido en fuentes tales como El clavecín bien temperado. Lo más alto del concepto de un método de composición estríctamente clásico, que de nuevo se remonta a Bach, son las llamadas composiciones del llamado último período de Beethoven, de las que son notables las Variaciones de Diabelli, la Missa Solemnis, y los últimos cuartetos de cuerdas. Comparada con el resto de los últimos cuartetos de Beethoven, la Grosse fugue expresa un orden de desarrollo del contrapunto por encima de los demás, constituyendo así la cima de la realización de Beethoven del potencial intrínseco en la obra más madura de Bach. Hay que reconocer que Félix Mendelssohn y su joven colega Robert Schumann llegaron a hacer eco de los niveles logrados por Beethoven en la tradición de Bach. En el transcurso de este desarrollo, Brahms le hace eco a todos ellos; hemos progresado muy poco en la composición desde entonces, más o menos tropezando con futilidad en un intento frenético por encontrar, como por accidente, aquéllo que en lo general se le perdió a los poderes de invención del siglo pasado.[5]

En este proceso, como en el de la historia del progreso de la ciencia física, las ideas del sucesor son, más o menos a ese grado, un reflejo en la mente de una persona de la obra de sus predecesores, en general notables. La conciencia del artista clásico tiene la forma de no hacer nada que podría calificarse de vergonzoso, o de otra forma falso, mientras él o ella está bajo la vigilancia de la memoria viviente de esos predecesores que tiene en su propia mente.

El hombre es en esencia una especie histórica, en este sentido del término. Los animales transmiten, en lo principal, el legado genético de generacion precedentes. Igual, hay que reconocerlo, hace la raza humana; pero, aquello que distingue lo que debe considerarse como el desarrollo normal de un representante de la especie humana de las bestias, es la parte característica de lo que se transmite de generación en generación, es esa calidad de ideas que el método de hipótesis de Platón relaciona con la noción de "poderes" (por ejemplo dúnamis), en vez de tan sólo material genético. Por ideas nos referimos a aquellos descubrimientos de principio que Platón (entre otros preeuclidianos) define como una calidad causal denominada "poderes" (de nuevo, dúnamis), contrario al concepto patético, reduccionista, de "energía", un mero efecto, de Aristóteles y los empiristas. El papel hereditario que tiene la obra de Bach en toda composición y ejecución competente de la música clásica, representa la calidad específicamente humana de la composición clásica, a diferencia del romanticismo y el impresionismo del chimpancé.

Este alegato a favor de la música clásica ilustra el principio más general, universal, de todas las artes y ciencias, que la historia de las ideas siempre ubica el nacimiento de una idea de una forma específicamente anticartesiana, como algo que ocurre dentro de un lugar histórico específico singular en la totalidad de las "esféricas" de la experiencia sensorial de la existencia humana, un suceso que ocurre precisamente ahí, y no en ninguna otra parte.

El drama clásico, la tragedia clásica de la forma más clara, sitúa ya esos sucesos reales o legendarios en un lugar y un tiempo histórico específico. Los sucesos representados pertenecen a ese tiempo.

La importancia de someter al drama de forma estricta a la especificidad histórica, como insistía Schiller, define a esa y otras expresiones del arte clásico como veraces, lo que no es el caso para el romanticismo, por ejemplo.

Por ejemplo, la puesta en escena de Julio César que hizo el teatro Mercury de Orson Welles, como si fuera una representación al estilo del Partido Comunista ("proletkult") de una parodia en vestuario del fascimo contemporáneo, fue algo parecido al odio a la razón que expresaba el muy enfermo y perverso Bertolt Brecht, un pionero del llamado "Regietheater" (teatro del director) en Alemania, una práctica que, junto al desgaste por muerte en las filas de una legión de artistas capacitados de épocas anteriores, ha eliminado prácticamente la capacidad en la Alemania de hoy de producir una representación competente de una obra dramática clásica. Ahora intercalo un planteamiento nuevo sobre un asunto pertinente respecto al principio de la tragedia clásica, que con frecuencia he planteado en otros escritos.

En principio, Orson Welles mintió; la presentación de su teatro Mercury fue una mentira que rechazó el principio de la verdad que es la especificidad histórica. La representación falsa de la ubicación de las ideas en la historia es la más nociva de todas las mentiras, mentiras que matan la memoria de las almas, con frecuencia en masa.

3.  El ciudadano de Schiller en el teatro

Desde temprano en su carrera de dramaturgo, Federico Schiller subrayó que había escogido el drama como la forma apropiada para llevar el conocimiento de la historia real a la sociedad. Elaboró lo mismo en sus disertaciones de Jena sobre el tema del estudio y la enseñanza de la historia. Recalcó que la función del teatro clásico es presentar la historia o la leyenda de tal forma que el público, el hombre pequeño o la mujer pequeña, el ciudadano que entra al teatro para esa presentación, salga del mismo, no sólo informado, sino como una mejor persona que la que entró.

No hagan un mero comentario ni salgan con una mera ocurrencia sobre el planteamiento de Schiller; esa experiencia de su teatro clásico es en sí misma una expresion de verdad histórica. Vivan su teatro, como deben hacer con la clase de verdad que expresa un drama de Clifford Odets; vivan ese espejo de la historia dentro de ustedes mismos.

A este respecto, el rasgo relativamente excepcional de la obra teatral de Odets está en el hecho de que sólo parece infringir la costumbre de elaborar una tragedia clásica de verdad, la cual consiste en organizar los desarrollos de todo el drama en torno a un personaje (o personajes) decisivo protagónico de la historia real, del proceso social en el que ocurrieron los desarrollos históricos pertinentes. En la mayoría de los casos el autor teatral está obligado a enfocar sobre las figuras protagónicas de esa sociedad, ya que así es como, de hecho, se define la historia en los períodos de crisis existencial. En el común de los casos, un drama que no siga la costumbre no cumpliría la pauta establecida por Schiller para lograr el efecto en el público.[6]

De nuevo, contrario a los prejuicios populistas y afines sobre el tema de la democracia, así es como se hace la historia real, incluyendo la historia en curso en EU en estos momentos; donde, aparte del desbocamiento a favor del candidato Franklin Roosevelt, rara vez son los votantes los protagonistas del proceso electoral, sino que tienen un rango un poquito más alto que los "extras" contratados para llenar los puestos, de otra forma vacíos, que sobran donde tiene lugar el amarre dramático de arriba a abajo de las elecciones.[7] De común, los candidatos principales aparentes no son los candidatos principales —las virtuales "estrellas de Hollywood"— por ser los mejores actores, ni porque debieran haber sido los candidatos principales, sino porque el escenario fue amarrado de antemano como si fuera en el "lecho de escoger el reparto de la historia", por asqueroso que te parezca, para hacer ver que fue un acto voluntario de la gente; en últimas, una vez haya pasado el entusiasmo por el triunfo del ganador, se hará aparente de manera gradual que los votos de los ciudadanos contaron poco más que el aplauso del auditorio para una escenificación cuidadosamente montada en la cual el electorado también actúo el papel que se le asignó, como si fuera un guión.

`El síndrome de Cicerón'

Esto incluye el truco pertinente empleado por Shakespeare al mantener al no visto Cicerón como poco más que una pasmosa presciencia de la condena y el fin trágico de Roma en la escena, mientras, de hecho, no abandona el hecho histórico de que Cicerón era de manera implícita un personaje clave del Julio César de Shakespeare, y del período real de la experiencia de Italia de su tiempo. El mencionar aquí la especificidad histórica de ese papel de la vida real de Cicerón, ayudará a lograr un entendimiento más claro del principio de "presciencia" involucrado.

La simbiosis entre el poderío imperial marítimo de la oligarquía financiera veneciana con la hidalgía normanda, no es un mero echo del gobierno imperial romano de los césares. Este papel de corte cesarista de la hidalgía normanda, como lo representa el caso tratado por Shakespeare en sus dramas sobre la historia de Inglaterra, era característico del sistema ultramontano bajo el mito de la "Donación de Constantino", un mito que, pese a las protestas de Carlomagno, dominó a Europa desde el período que precedió a la conquista normanda de Inglaterra hasta la aparición de los primeros Estados nacionales modernos en el transcurso del Renacimiento del siglo 15. Esto trae al personaje político educado en los clásicos griegos, al Cicerón del Senado, próximo a la derrota inflingida por Enrique VIII a Ricardo III, y al establecimiento previo del primer Estado nacional moderno por Luis XI.[8]

Peor todavía, el papel que tuvo la Inquisición española en la expulsión al estilo de Hitler de los judíos de la España de Isabel I, y el papel que tuvo la monarquía española en las guerras religiosas del intervalo de 1511–1648, es el marco inmediato en el que Shakespeare, un seguidor de Tomás Moro, luchó contra enemigos políticos venecianos de su época tales como los círculos del agente de Paolo Sarpi, sir Francis Bacon. Esas fuerzas de la misma época que Shakespeare representaban un resurgimiento de esa tradición ultramontana al estilo de los césares, de la cual Enrique VII había librado a Inglaterra con anterioridad. En la Inglaterra del rey Jacobo I de sir Francis Bacon, el propio Shakespeare representó el papel de un personaje ciceroniano; el papel que él desempeñaba era opacado por los ataques coléricos de Bacon, de la celebridad a la muerte, a los años de oscuridad personal ordenados por Bacon y companía, para abrirle paso al nuevo orden decadente en el que Shakespeare, como el Cicerón del mundo del cadáver de Julio César, ya no tenía lugar.

De allí que el Julio César de Shakespeare es específico al tiempo y lugar real al cual se refiere; pero, sin perder ni un ápice de esa especificidad histórica original, también hace referencia al legado resucitado del cesarismo que todavía acechaba como una presciencia en Europa, en general, y se derramaba desde Venecia hacia Inglaterra en particular al presentarse la obra. De esa forma provee una presciencia, con la ayuda de la sola referencia a Cicerón, de ese ordenamiento multigeneracional a partir de la época de Julio César y Cicerón, dentro de la historia más amplia en la que ocurría el surgimiento del cesarismo. Que esto no sea también para ti, como para un pobre tonto asesino de la obra de Shakespere, "para mí eso está en griego".

Ahora fíjate en la tesis de Schiller respecto a lo que toca al ciudadano.

El ciudadano entra al teatro. Rápidamente, al arrancar el drama en el escenario iluminado dentro del teatro oscurecido, la mente del ciudano sentado en el público lleva su atención de los actores y el diálogo de corte socrático en la escena, al personaje que representa el actor en el escenario de la imaginación del espectador, como advierte Shakespeare al entrar en escena el "Coro" en Enrique V. Si la representación es buena, como lo era en las presentaciones públicas de las antiguas tragedias griegas, el espectador no ve a los actores como tales durante el resto del acto, sino hasta después de bajar el telón por última vez, cuando los miembros del elenco aparecen como ellos mismos frente al telón.

Que él vea a Hamlet así, entonces, cuando llega al soliloquio del Tercer Acto, el espectador es cautivado al escuchar que Hamlet no teme morir por la espada, pero que preferiría meter una estocada, de preferencia a otro, o tal vez a sí mismo, todo con gusto, con tal de acallar el terror que siente Hamlet por no saber las consecuencias de haber vivido, lo que viene después de la muerte. Luego, más tarde, cuando el cadáver de Hamlet es removido de la escena, Fortinbrás lánzase adelante para continuar la locura sagrienta, mientras Horacio, en un aparte, le dice de modo ominoso al auditorio inglés de la obra de Shakespeare: Hagamos una pausa para reflexionar sobre estos hechos sangrientos que acaban de suceder, no sea que esta locura nos sobrecoja de nuevo.

Al abandonar su asiento el espectador, que ha absorbido todo esto del trabajo de una compañía competente de actores clásicos, su mente está henchida de la necesidad de emitir un juicio sobre la locura que acaba de ver presentada en el escenario de su imaginación. Ahora piensa como un verdadero ciudadano, como uno que debe asumir la responsabilidad moral e intelectual por un gobierno competente para su propia nación, para que su gobierno no cometa las locuras que él acaba de ver representadas. Sale del teatro, entonces, como un mejor ciudadano que cuando entró.

De todo lo que el ciudadano ha visto, conoce algunas cosas; intuye algunas otras, pero sólo como presciencias, como atisbos paradójicos que bastan para advertirle que hay más cosas de importancia sobre las cuales debe pensar. Estas presciencia a veces le vienen, como alguna vez he ilustrado el principio de ironía: "¡Come pollo! ¿A quién?"

Este desafío de hacer la presciencia comprensible nos trae a lo que debiera ser, entre nosotros, el tema conocido del ataque de Carl Gauss de 1799 a los fraudes perpetrados por Euler y Lagrange. He aquí la llave para definir de forma competente el verdadero interés nacional.

5.  Platón, Kepler y Gauss, una vez más

El principio del que depende todo conocimiento humano competente, incluyendo las evaluaciones estratégicas nacionales capaces, es la distinción comprobable que aparta de forma absoluta al individuo humano de todas las otras especies vivientes, y lo pone por encima de ellas. Esta distinción no puede estar arraigada en una mera doctrina enseñada; debe conocerse de la misma manera que Johannes Kepler vino a conocer el principio de gravitación universal, como una hipótesis platónica comprobada mediante experimento. El tan sólo creer lo que enseñan las autoridades de fiar podría ser locura, y en general lo es; preferir creer solamente, más bien que saber de verdad, es incompetencia en la evaluación y la planificación estratégica. "Sí, ¡pero las autoridades a las que debo respeto me lo han dicho!" es característico de la gente que prefiere obedecer a las que cree autoridades, como un perro que pide golosinas, en vez de realmente pensar. En vez de semejante comportamiento perruno, mejor sería conocer, y ante todo "conocerte a ti mismo". A este respecto, como prometí, presento de nueva cuenta un resumen de las razones por las que hago hincapié en el trabajo de 1799 de Gauss, del teorema fundamental del álgebra.

Mi planteamiento a ese efecto es como sigue.

Lo que quiero señalar es, primero, que en ese escrito Gauss hace algo que no osa hacer en ninguna obra publicada posteriormente sobre el mismo tema: pone al descubierto a Leonhard Euler y a su protegido Lagrange, como defraudadores deliberados, por negar, por motivos ideológicos y de forma fanática, realmente religiosa, la existencia física del dominio complejo. Esta singularidad del escrito de Gauss refleja, tanto la persecución sufrida por los colegas de Gauss en la Universidad de Gotinga, y de la manera más enfática por el propio Gauss, a manos del principal patrocinador francés de Lagrange, el emperador Napoleón Bonaparte, como la cacería de brujas desatada contra los copensadores científicos francesés y alemanes de Gauss en Francia bajo el régimen de la Restauración monárquica dictada por Londres, y la influencia de los pro fascistas implícitos correligionarios de Hegel y Savigny en círculos oficiales de Berlín.[9]

En el segundo y más pertinente rasgo de ese escrito de 1799 para nuestros propósitos aquí, Gauss hace referencia al planteamiento característico de los pitagóricos y Platón, sobre el tema del carácter paradójico de doblar la línea, el cuadrado y el cubo. La importancia de este aspecto del escrito de Gauss para la física matemática escolar es doble. Primero, define la distinción entre la geometría física de unas matemáticas de torre de marfil axiomáticamente reduccionistas, tales como las de los empiristas y sus hermanos cartesianos. Segundo, al definir el significado del dominio complejo en los términos que emplea en ese escrito, Gauss llena el vacío entre la antigua geometría clásica de las esféricas y la ciencia física moderna puesta en marcha por el trabajo sucesivo de pensadores originales tales como Nicolás de Cusa, Leonardo da Vinci, Johannes Kepler y el singular descubridor original del cálculo, Godofredo Leibniz.

Aunque en todas su obras importantes posteriores Gauss nunca abandonó el método de principio de la física matemáticas que expresó en ese escrito de 1799, nunca volvió a abordar las cuestiones decisivas que planteó en ese documento con siquiera una aproximación de su franqueza anterior. Tenía motivos para temer lo que pudiera pasarle si violaba de nuevo su código de mantener silencio público sobre el asunto de Euler y Lagrange.

No obstante, pese a su posterior silencio sobre el asunto, este escrito de 1799 marca un hito en el desarrollo de la ciencia moderna, que la libera de una noción estéril, utópica, de la aritmética, a un modo clásicamente platónico de geometría física pura, el de Bernhard Riemann. Por razones relacionadas, también nos permite definir la cualidad única del individuo humano dentro de los confines de la ciencia física, como un ser en esencia espiritual, en potencia de importancia inmortal.

Hoy, a partir de la obra de V.I. Vernadsky definiendo el concepto de la noosfera,[10] la ciencia practicada por Gauss y Riemann ha regresado a la división clásica griega de principio, de la universalidad entre lo abiótico, lo viviente y lo noético, como tres espacios–fase distintos, pero en interacción, que se combinan para definir a todo el universo conocido. En esta, la distinción elemental pero absoluta entre el hombre y las bestias, es que el hombre es capaz de descubrir y desplegar principios físicos universales. Aunque estos principios siempre han existido como principios eficaces del universo —y eso antes de que el hombre descubriera ninguno de ellos—, cuando son desplegados como herramientas de la acción a voluntad del hombre sobre el universo, es decir como poderes, el hombre prometeico cambia al universo a este respecto. Así que, en cuanto a esto, el Satanás palpable, el Zeus del Prometeo encadenado de Esquilo, odia a Prometeo al igual que le teme al Creador, por los mismos motivos.

Además, gracias a descubrimientos y aplicaciones de esta clase el hombre se hace en la imagen del Creador del universo. En este contexto, el uso del término espiritual tiene un significado científico–físico preciso, como ya he indicado arriba. Mientras que los animales transmiten su llamado legado genético, la raza humana transmite a lo largo de generaciones sucesivas aquellos descubrimientos de principio cuyo empleo hace al hombre a imagen activa del Creador. Es mediante esos cambios progresivos sucesivos en esta transmisión, que el poder del hombre para existir en tanto especie aumenta; como recalca Vernadsky, el hombre se hace cada vez más el gobernante del planeta Tierra y más allá. A través de este progreso mejora la calidad de vida de la persona individual, y el poder de su trabajo también aumenta al efecto de elevar la calidad total del hombre, y de elevar también su existencia individual; aumenta el poder del hombre para hacer el bien. Esta es la verdadera naturaleza del hombre; estos son los efectos que de un modo categórico lo apartan y lo ponen por encima de todas las otras especies vivientes.

Esta transmisión de la obra de la identidad del individuo humano, más allá de los límites de la vida mortal; esta permanencia eterna del alma del individuo expresa lo que debe entenderse como el significado del término espiritual.

Éste es el meollo de la controversia entre el espiritual Carl Gauss y los paganos copensadores de Euler, Lagrange y el Emanuel Kant, de otra forma conocido por la asquerosa seudomoralidad de su doctrina de "no puedo", de la Ilustración del siglo 18.

En términos de la geometría física, ésta es la cuestión que distingue a los prometeos de pobres simios tales como los engendros del "Chimsky" del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), la personalidad sintética engendrada por el lavado cerebral de un pobre simio, llevado a cabo por ese modelo del gabinete del doctor Moreau formado por los profesores Noam Chomsky y Marvin Minsky.[11] Éste es en esencia el método de Euler, Lagrange, y también de Laplace, Cauchy, Clausius, Grassmann, Kelvin, Helmholtz y las erradísimas opiniones de Félix Klein sobre el tratamiento de Hermite y Lindemann de lo trascendental, que ellos introdujeron como su fraude intencional contra la obra de Leibniz, Gauss, Weber, Riemann y demás.

He resumido los siguientes puntos sobre el planteamiento del llamado preeuclidianismo en varios escritos a lo largo de décadas previas. Lo resumo por su pertinencia aquí. Las implicaciones más profundas del planeteamiento de Gauss de 1799 son como sigue.

La percepción sensorial humana es producto de esos órganos de los sentidos que son una parte eminentemente mortal de un organismo eminentemente mortal que llamamos nuestro cuerpo. Como demuestra el conocimiento experimental de principios físicos universales susceptibles de descubrimiento, estos órganos de los sentidos no nos muestran el universo real en el cual operan esos principios, sino que, como advierte Platón en relatos como la parábola de la cueva de la República, nuestros sentidos nos muestran cómo nuestra percepción sensorial responde al impacto del universo invisible sobre nuestros órganos sensoriales. Empero, pese a este defecto de nuestros sentidos, podemos conocer al universo real que yace más allá de la mera percepción sensorial. Las formas clásicas, tanto de la composición artística como de la práctica de la ciencia física, muestran esas distinctiones y el principio que las subyace. El planteamiento de Gauss de 1799 contra el fanatismo ideológico de los empiristas Euler y Lagrange, y su solución —el concepto del dominio complejo—, reflejan la solución general para las paradojas de la experiencia así situadas. Los descubrimientos de Riemann, como lo expresan su disertación de habilitación de 1854 y otros escritos, presentan la forma esencial de la paradoja así definida antes por Gauss.

Como en el caso del método original único empleado por Kepler para el descubrimiento de la gravitación original, la mente humana es capaz de leer expresiones anómalas de la percepción sensorial como una forma paradójica de expresión de un principio invisible, más allá del alcance de la percepción sensorial directa que ha causado dicha anomalía, tal como el aparente rizo que describe la órbita de Marte, según se percibe de una serie de observaciones normalizadas desde la Tierra. Lo mismo quedó demostrado por experimento con el reconocimiento de Fermat de que la luz no sigue el camino de la distancia euclidiana más corta, sino el de la acción más rápida. Este trabajo de Kepler y Fermat, que se hizo eco del trabajo previo de Nicolás de Cusa y Leonardo da Vinci, impulsó a corrientes competentes de la ciencia europea moderna a alejarse de Aristóteles, del empirismo y de formas cartesianas de empirismo, y regresar a la perspectiva de las esféricas preeuclidianas, a la perspectiva de los pitagóricos y de Platón, por ejemplo.

El método experimental, como Cusa había recalcado en tales escritos suyos como De docta ignorantia, nos permite traducir las anomalías más o menos regulares de la percepción sensorial, como la órbita observada de Marte, en una noción de las huellas de los principios universales invisibles tales como la gravitación. Estos principios, por su naturaleza, existen sólo fuera de la percepción sensorial, aunque adumbran aquello que con frecuencia podemos observar con nuestros sentidos. De ahí que no podemos representar su acción directamente dentro de los confines de las esféricas, aunque podemos medir su impacto como si pudiera representarse mediante tal geometría constructiva pitagórica de lo visible.

Nos vemos obligados, entonces, a representar el papel que les corresponde a los principios físicos universales en la forma de acciones realizadas por principios físicos en la geometría aparente de los sucesos observados. Este es el dominio gaussiano, una geometría dentro de la cual la física matemática debe situar el descubrimiento de Leibniz, de un cálculo de verdad infinitesimal de acción mínima física. Mediante la aplicación de descubrimientos de principios físicos universales así situados, la humanidad puede aumentar a voluntad la densidad relativa potencial de población de la especie humana, lo que ninguna otra forma de vida puede siquiera aproximar.

¿Qué es la razón humana?

Así, como ya era sabido en la antigua Grecia, el universo en su totalidad está compuesto, de manera respectiva, de tres espacios–fase distintos, pero que interactúan. Estos se definen como distintos por aquellos métodos que asociamos con la prueba de principio físico experimental: respectivamente, los espacios–fase abiótico, viviente y noético, así definidos de manera mensurable.

El método que define las diferencias entre estos espacios–fase refleja el mismo método por el cual definimos la diferencia entre la sombra y la causa de la acción anómala percibida, como al notar la diferencia entre el hombre y las bestias. Es decir que, pese a positivistas tales como Boltzmann, Von Neumann, Wiener, etc., los procesos vivientes como tales no pueden conocerse por experimento a partir de principios abióticos. Asimismo, el descubrimiento y dominio humano a voluntad de principios físicos universales no pueden conocerse a partir de los principios generalmente atribuidos a procesos vivientes. Sin embargo, como insistió Vernadsky, los procesos vivientes de la Tierra dominan cada vez más a los abióticos, y los procesos creativos que les son únicos a los poderes soberanos de conocimiento de la mente del individuo humano, aumentan el dominio que tiene el hombre sobre la composición de la biosfera, así como los procesos vivientes dominan cada vez más a los abióticos.

Estas diferencias ya eran recalcadas en la antigua Grecia clásica. El nombre dado a los procesos creativos de la mente humana, procesos de los que adolecen las especies inferiores, era el alma, como Platón argüía en los diálogos socráticos. "Alma" y "poderes creativos (noéticos) de la mente humana" son nociones coextensivas. Esto define una noción clásica del principio de espiritualidad; no como algo que actúa desde afuera del universo, sino como algo integral de ese universo, como su característica predominante, como la definición del hombre y la mujer que requiere el Génesis 1 de Moisés. La característica física esencial de esta cualidad de la espiritualidad universal, este principio eficaz, es la creatividad, como la define el concepto platónico de los poderes (dúnamis). Este es el mismo concepto platónico de poderes que constituye el rasgo ejemplar, central, de la denuncia de Gauss de 1799 del error de Euler y Lagrange.

Esta noción del hombre como aparte y por encima de las bestias, en esta forma, define la noción de una especie de igualdad entre las personas: que cada una, no importa lo desigual de las condiciones de su vida, es igual de humana por naturaleza y que, por tanto, goza del derecho, bajo la ley natural del universo, del acceso a la protección de ser un participante igualmente humano, de ser un ser de naturaleza relativamente sagrada, a diferencia de las bestias. Tratar a los hombres y a las mujeres como virtual ganado humano, como lo hicieron la esclavitud y el feudalismo, es en sí mismo un crimen contra la humanidad. De allí que nuestra naturaleza nos obliga a desarrollar y mantener formas de sociedad y de práctica social —como prescribe el preámbulo de nuestra Constitución federal— que sirvan el bienestar general (el bien común) de la naturaleza humana así definida.

De allí que él, o ella, como algunos de los llamados "fundamentalistas religiosos, que odie a cualquier corriente étnica de la humanidad, como a los judíos o a los árabes como tales, expresa un odio contra la imagen de Dios mismo. Quienquiera que saquee a cualquier estrato de la sociedad para su conveniencia propia, o sólo para su gratificación, también, por tanto, expresa odio contra la misma ley de Dios. Las opiniones de semejantes personas aberrantes son, como los alegatos del usurero, presunciones contrarias al verdadero principio de equidad, por lo que, por tanto, no tienen ninguna legitimidad ante los tribunales bajo la ley natural.

Esta noción del hombre como un ser creativo hecho a imagen del principio rector del universo, el Creador, es el principio esencial, abarcador, del humanismo clásico. Empero, la definición no acaba aquí. Hay una consideración adicional, la noción de la mónada, así llamada por Leibniz, también conocida por Riemman como el principio de Geistesmasse. En breve, la distinción que entraña es la siguiente.

¿Es la existencia de un principio universal, incluyendo la noción de espiritualidad, una influencia amorfa que permea un dominio, como pudiera hacerlo un gas dentro de un envase? O, ¿tiene la cualidad de una existencia al parecer discreta, como hace pensar, por ejemplo, la noción herbartiana de Riemann? De manera implícita: ¿es el Creador una influencia impersonal? O, contrario al deísmo amorfo, ¿tiene el Creador, en tanto Dios del hombre, una existencia definitiva como personalidad, como insistían Jesucristo y los apóstoles Juan y Pablo? ¿Tiene el individuo, por tanto, en su aspecto como ser individual, una relación con ese Dios en tanto Personalidad, como Cristo y los apóstoles Juan y Pablo afirman el principio socrático de ágape como la ley fundamental de la relación espiritual del hombre con ese Dios en el universo? El punto de vista de Riemann afirma estas relaciones personalizadas de manera implícita.

Todas las formas de principio físico universal que pueden probarse por experimento, son objetos mentales precisos, objetos a los que la ciencia por lo común le da un nombre humano u afín. Tenemos una relación personalizada con cada descubrimiento de un principio tal, y de su aplicación. Es tan objeto mental definitivo como un planeta o cualquier otro. De hecho, no podemos comprender nada con eficacia, excepto en la medida en que podamos definir el principio universal pertinente como un objeto mental definitivo y, por tanto, debe tender a asumir las cualidades de un objeto que pueda enseñarse —más o menos personalizado— para la instrucción en el aula.

Esta noción de las cosas es el fundamento para un cuerpo de lo que con razón se reconoce como ley natural universal. Este cuerpo de ley natural subsume ese preámbulo de nuestra Constitución federal que, con justicia, ha de reconocerse como el principio rector con la autoridad suprema en la interpretación de cualquier otra parte de esa Constitución, cualquier ley federal; un principio superior a cualquier juez o tribunal. El principio esencial es el concepto de ágape, lo central del capítulo 13 del Corintios I del apóstol Pablo, expresado allí como los principios de ley natural de la soberanía perfecta, del bienestar general y la posteridad.

Habiendo dicho eso, vuelquen su atención de nuevo a la distinción de marras entre los animales y las gentes: que los animales transmiten lo que hemos definido de forma sumaria como legado genético; mientras que el hombre también transmite ideas de la categoría que pertenece al trabajo de la noésis.

Esta fue la base de mi reforma dentro de lo que Godofredo Leibniz definió como la ciencia de la economía física.

La función de la sociedad bajo la ley natural, es lograr esas aplicaciones de principios universales descubiertos que resulten en el poder de la humanidad en el universo, el poder creciente de existencia del hombre. Esta función contiene lo que con justicia, aunque de forma aproximada, podría describirse como dos categorías de rasgos intelectuales: el pensamiento científico clásico, del que Platón y el trabajo de sus seguidores modernos —Cusa, Leonardo, Kepler, Leibniz, Gauss y Riemann— son representativos; y el desarrollo de principios de composición artística clásica, como los representa en la vida moderna la obra artística del Renacimiento del siglo 15, y los clásicos de finales del siglo 18 como los de Schiller.

El papel que desempeña la tragedia clásica en elevar el conocimiento del ciudadano de la historia en tanto proceso, es representativo del papel que tiene el arte.

Es este papel indispensable del desarrollo continuo y la aplicación práctica de estos aspectos intrínsecamente cognoscitivos de la vida intelectual humana, lo que define la norma por la que debemos regirnos al precisar "naturaleza humana".

El obstáculo más grande a ese desarrollo ha sido la continuación de formas de práctica social que dividen la condición de la sociedad entre un don Quijote y un Sancho Panza; entre un sandio empedernido como el gran inquisidor de la España de Felipe II, don Quijote, y los pobres patanes que le sirven y mueren por gente de la ralea de don Quijote, tales como Sancho Panza. El primero, don Quijote, rechaza la razón verdadera, y remplaza el conocimiento con fantasía romántica y superstición pagana; el segundo, Sancho Panza, está tan ocupado con meramente tratar de sobrevivir los golpes de su amo y llenar su estómago ("llevar el pan a la mesa"), que opina mucho —como el Casca que encuentra que "para mí eso está en griego", respecto a la razón misma— pero que no es capaz de actuar guiado por la razón. El mal más ensencial en todo ello es la falta de los frutos de la verdadera cultura intelectual, como la tradición clásica platónica de la civilización europea define la verdadera cultura.

El objeto de un modo apropiado de gobierno congruente con la ley natural, es ordenar las relaciones interiores y exteriores a fin de fomentar la diseminación y el avance de una verdadera cultura intelectual, no sólo dentro de nuestra propia república, sino también fomentar su avance en otras. Existe, entonces, una dependencia recíproca entre el desarrollo de tal forma de cultura clásica y el desarrollo de la condición de la sociedad para que tenga efectos congruentes con la promoción de semejante cultura progresiva.


Sancho Panza, está tan ocupado con meramente tratar de sobrevivir los golpes de su amo y llenar su estómago ("llevar el pan a la mesa"). Grabado de Gustavo Doré.

Posludio: todos los sinarquistas son malvados

El Renacimiento del siglo 15, que nació, como el ave Fénix, de los escombros que el sistema veneciano–normando de tiranía ultramontana hizo de las culturas europeas del siglo 14, puso en marcha una forma moral de sociedad, el Estado nacional soberano sometido al servicio del bienestar general de todos. Los remanentes depredadores del sistema feudal veneciano–normando contraatacaron con la fuerza satánica representada por la Inquisición española, las guerras religionas de 1511–1648, y el proceso de surgimiento de ese llamado "partido veneciano", que de otra forma representa el modelo del intrínsecamente usurero sistema parlamentario liberal angloholandés de la oligarquía financiera.

A resultas de esa reacción del partido veneciano del siglo 18 contra la amenaza que representaba la Revolución Americana de 1776–1789, fue puesta en marcha —en especial por parte de la Companía de las Indias Orientales británica de lord Shelburne— esa mezcla de terrorismo y fascismo representada por la sucesión del Terror jacobino y el imperio de Napoleón.

Este modelo de 1789–1815 devino en una forma de peste que ha venido alternando como endemia o epidemia sobre toda la extensión de la civilización europea extendida al orbe, desde la época de la Revolución Francesa hasta el presente momento del más reciente restablecimiento de la misma fuerza terrorista que le dio a Europa los regímenes fascistas y las guerras relacionadas de 1922–1945. Desde el período del Tratado de Versalles, que concluyó con la llamada Primera Guerra Mundial, esa enfermedad recurrente se ha conocido como la internacional sinarquista, de cuyas insurgencias la publicación argentina Maritornes es meramente representativa de las fuerzas terroristas, que una reedición de la internacional fascista ha desatado en las Américas, al igual que en Europa y más allá hoy.

Debimos haber desarraigado a esa internacional sinarquista al terminar la Segunda Guerra mundial. Con la ayuda del perverso satánico Bertrand Russell, uno de los pioneros de la idea de usar el terror nuclear como medio para obligar al mundo a someterse a un nuevo imperio llamado "gobierno mundial", la facción utopista asociada con Russell logró en la estela de Hitler, proteger y alimentar a las fuerzas de la internacional sinarquista, para desplegarlas en un futuro como hoy, cuando debió haberseles desarraigado. Ese futuro ha llegado ahora: la pura maldad, cuyo alias actual es el sinarquismo que hoy se desata de nuevo. También se desata contra EU, a través de canales establecidos por medio de España y otras partes, en América del Sur y Central.

En parte, el hecho es que, al yo desenmascarar a estos hombres–bestia nietzscheanos, he obligado a los sinarquistas airados, a causa de ello, a salir de su escondrijo tras la cortina de mentiras, a dar la cara en respuesta a mi desafío. Ahora mira su rostro como aparece retratado en las páginas de la salvajemente gnóstica secta de Maritornes; ése es el rostro de la maldad, el rostro, con tu permiso, del mismísimo Satanás.


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[1] [Ver la domumentación que sigue]. Un ataque de violenta acerbidad contra mí personalmente, firmado por un portavoz de la publicación Maritornes, de la reactivación a lo Drácula hoy de la internacional fascista de 1922–1945, apuntó, de forma innegable, a la activación de una fase nueva, abierta, preparada con antelación, de ataques terroristas contra EU desde países de América. Este ataque, proveniente de una publicación que representa esa franca reactivación, vino a través de un conducto que es, de manera explícita, una continuación de la nunca totalmente desarraigada internacional nazi que manejaba la organización de Hitler bajo la ahora tradicional bandera fascista de la hispanidad, a través de la España de Franco, y por América Central y del Sur en los 1930 y principios de los 1940.

[2] El judío germanohablante, como el representante que le hacía eco al renacimiento yídish en Europa Oriental, emergió de la época en que la influencia de Moisés Mendelssohn irradiaba desde Berlín, como el haber más precioso per cápita de la población total en la ciencia física, en la composición y ejecución artística clásica, en la práctica de la medicina, y así por el estilo. Este era tan alemán como cualquier otro alemán, y una parte muy preciosa de la población total para cualquier alemán patriota. No es ningún interés humano el motivo, ni de los crímenes de Hitler contra esos judíos, ni de los crímenes de los fanáticos sionistas derechistas contra los palestinos. Por tanto, la casi exterminación de esa porción de la ciudadanía alemana, y los crímenes similares perpetrados contra el renacimiento yídish en Europa Oriental, en particular, fueron los crímenes, no de seres humanos, sino de tales como el notorio Torquemada de España, que fue el molde del que se vaciaron tales criaturas como Hitler, transformadas en bestias depredadoras, en virtuales hienas. En otras palabras, hombres y mujeres transformados, de seres humanos, en sinarquistas.

[3] Platón y otros preeuclidianos hubieran descrito semejante modelo generado bajo un impulso de tipo axiomático, como un "poder" (dúnamis), como en el diálogo Teetetes de Platón.

[4] Es claro de manera implícita, que la coincidencia esencial de la intención de usar las nuevas bombas nucleares para configurar al mundo de la posguerra —con la puesta en marcha del plan de Lindemann, de bombardeos intensos contra blancos civiles en las ciudades de una Alemania ya en esencia derrotada—, que tales sucesos, incluyendo la catástrofe diversionaria de "Market Garden" del mariscal de campo Montgomery, eran parte del plan de la facción utopista que surgía de prolongar la guerra, tal vez hasta presentarse la oportunidad de arrojar bombas nucleares experimentales sobre Berlín. El arrojar bombas incendiarias sobre Tokio, contraproducente en lo militar, tiene las mismas connotaciones. En mi primera reunión con el profesor Von der Heydte, quien había comandado la retaguardia del mariscal Rommel durante la retirada de El Alamein, yo empecé, apenas chocamos las manos: "General —a la sazón él era un general de brigada en retiro en las reservas de la Alemania de la posguerra—, ¿está usted de acuerdo con mi opinión de que Montgomery era el peor de los principales comandantes aliados durante la Segunda Guerra Mundial?" Él respondió: "Usted no me puede decir a mí nada malo sobre Montgomery. Él salvó mi vida. Yo tenía el mando de la retaguardia de Rommel, y si Montgomery me hubiera flanqueado, yo estaría muerto". Los yerros intencionales de Montgomery, un disparatado energúmeno racista antiafricano hasta la senectud, probablemente postergaron la victoria aliada en Europa por mucho más de dos años. Tal vez esa fue la razón de que Churchill empleara a Montgomery para remplazar a comandantes británicos de probada excelencia profesional.

[5] Por desgracia, las Variaciones de Diabelli son ejecutadas con frecuencia con un estilo de teclado romántico, que oscurece la polifonía en aras de las necesidades emocionales que siente el ejecutante. Esto es especialmente notable cuando uno toma en consideración la reacción, al principio hostil, del propio Beethoven al tema de Diabelli, y luego toma en cuenta las implicaciones más sutiles de ese tema que Beethoven reconoció más tarde, y que luego recalcó en su composición del ordenamiento de las variaciones. La Missa Solemnis ha sufrido en cuanto a ejecución, en razón de los rasgos técnicos de las representaciones convencionales modernas, los que en sí son señal de nuestros tiempos, no de Beethoven.

[6] En realidad, la traza empleada por Odets para montar la tragedia The Big Knife es comparable al empleo que hace Schiller de personajes relativamente menores para hacer el papel del héroe en la tragedia Wallenstein. De ese modo, de faltar un héroe real la presciencia de un héroe la aporta el público. Esta traza, en semejante situación, evita el problema que plantea Platón en su crítica de los dramaturgos clásicos griegos.

[7] De haber vivido el presidente John F. Kennedy para candidatearse para ocupar el cargo por segunda vez, de seguro habría ganado la reelección honestamente por una abrumadora mayoría del voto popular, posibilidad que puede haber impulsado a ciertos círculos poderosos a desear su muerte (lo mejor que podría hacer un presidente, o candidato presidencial, para precaverse, sería nombrar al interés poderoso con el motivo más apremiante, y la capacidad de llevar a cabo semejante hecho. A veces, ese ponerle el cascabel al gato por precaución ha funcionado). Clinton ganó su primer mandato con ayuda de la orientación económica chapucera de George H.W. Bush, padre, y también de Ross Perot. Su contienda por la reelección reflejó un desempeño patético por parte de la campaña de su contrincante, combinada con una ira aterrada de gran parte de la población por los alborotos abiertamente fascistas del presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, como vimos en la derrota abrumadora (que ayudamos a lograr) que sufrió Oliver North en 1994, en su intento de ser el senador de EU por Virginia.

[8] Bajo el legado del derecho romano imperial y, por tanto, bajo el dogma fraudulento de la "Donación de Constantino", el derecho de legislar como tal era un privilegio único del emperador, no de los reyes ni otros funcionarios locales parecidos. Según el timo de la "Donación de Constantino", la autoridad imperial en la totalidad del cristianismo occidental había sido donada por el emperador Constantino a la autoridad hereditaria de un póntifex máximus imperial romano, el papa. De ahí la importancia para Venecia de retener el control sobre el papado, y las luchas consiguientes entre reyes y emperadores, de un lado, y los ocupantes de la Santa Sede controlados por Venecia, del otro. El derrumbe del papado en el transcurso de la nueva Edad de las Tinieblas del siglo 14, fue consecuencia de esta insensatez ultramontana en que la Iglesia cayó bajo el dominio de la oligarquía financiera veneciana, como un instrumento del imperio ultramontano en todo el occidente de Europa. El gran concilio eucuménico de Florencia del siglo 15, parte de un proceso que restableció el papado, y el Renacimiento como un todo, fueron odiados por la facción ultramontana en la que los Habsburgo asumieron un papel rector en el intervalo de 1511–1648.

[9] Gauss no habló de esto, ni siquiera de forma semipública, hasta que fue provocado, en discusiones con Janos y Farkas Bolyai, al anunciar Janos el descubrimiento de una geometría no eucludiana, para aludir a su descubrimiento original en su juventud de los principios de una geometría antieuclidiana. Esa obra de la juventud de Gauss reflejaba la influencia que ejerció sobre él, cuando estudiante, uno de los más grandes maestros de matemáticas del siglo 18, Abraham Kästner. Fue Kästner quien insistió de manera explícita en una geometría anteeuclidiana o antieuclidiana. "Anteeuclidiana" significa un regreso al principio de las "esféricas" de los seguidores de Pitágoras, entre ellos Platón, un apartarse del reduccionismo de torre de marfil de la aritmética y geometría de Aristóteles y Euclides. En la cultura clásica griega la oposición organizada a la geometría física iba de los opositores eleáticos de los pitagóricos, tales como Parménides, directamente a los sofistas, y de allí a Aristóteles.

[10] Cf. Lyndon H. LaRouche, The Economics of the Noösphere (La economía de la noosfera) (Washington, D.C.: EIR News Service, 2001).

[11] Una anécdota entretenida nos da una ilustración de la vida real de la suerte de estupideces típicas de nuestros positivistas lógicos contemporáneos. Para finales de los 1950, yo fui invitado a participar en una velada en Manhattan en la que la mayoría de los invitados eran autores teatrales y actores profesionales. El anfitrión era un vecino, un autor teatral que al momento había sido contratado para producir un documental de televisión sobre el tema de las implicaciones de la tecnología de computadoras. En el transcurso de la noche se me preguntó, en mi condición profesional de consultor de administración de empresas, que cómo definiría yo los límites de la tecnología de computadoras para el público en general. Respondí que los invitados ahí reunidos conocían en gran parte la respuesta a esa pregunta de manera implícita. Les dije: Asuman la tarea de componer una obra dentro de los confines de lo que algunos de los invitados me definieron como un "argumentonto". Estuve de acuerdo con esa identificación de lo que estaba por delinear. Dividí la tarea en dos fases. Primero, crear un modelo de la acción visible como la vería un público televidente o de espectadores de cine. Luego, aparejar eso con frases hechas de un conjunto de repertorios de cada uno de los candidatos para los tipos de personaje. Tanto las imagenes como los sonidos podían ser en principio generados de forma sintética por lo que podía lograrse con la tecnología de computadoras que emergía. Algunos meses después mi anfitrión de aquella ocasión telefoneó para informarme que, aunque él ya no estaba a cargo del proyecto, el modelo que yo había descrito en la fiesta estaba transmitiéndose por una cadena de televisión, destacándose una aproximación de lo que yo había "tramado", en un programa producido y dirigido por los profesores de MIT Chomsky y Minsky. Esto, dicho sea de paso, se ajusta a lo que prescriben John von Neumann, Minsky, y demás para una "inteligencia artificial", la cual, como indica mi informe de esa velada, no contiene ninguna inteligencia para nada.