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Recuadro 9: Lo que Galileo rehuyó

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En 1609 Kepler publicó la Nueva astronomía, una obra revolucionaria que por primera vez usó la física celeste como la base del ordenamiento del sistema solar. Hasta entonces, desde el fraude del modelo geocéntrico de Ptolomeo, toda la astronomía estaba basada en la idea aristotélica de que la causa (o sea, la Verdad) era incognoscible. Lo único que podía alcanzarse, según Aristóteles, eran cuando mucho aproximaciones “matemáticas” de lo que se ve. Esto es lo que luego llegó a conocerse como empirismo.

Esta idea “matemática” de un universo en el que no hay verdad, es la que más le conviene a la oligarquía. Todos tienen que conocer su lugar, y el cambio es imposible.

La obra de Kepler representó una revolución en la forma en la que la humanidad se relaciona con el universo, que determina la manera en que actúa el hombre, que era lo que la oligarquía más temía. Kepler fue un pensador en la tradición de Platón, y deja claro el proceso autoconsciente por el que pasó para realizar sus descubrimientos. A diferencia del método de Aristóteles, él usa el de Platón al mirar para descubrir la causa verdadera que yace detrás de las sombras de la percepción sensorial. No te da un libro de cinco páginas con una serie de puntos y fórmulas matemáticas del producto terminado; te lleva por cada paso subjetivo de su descubrimiento. Al hacerlo, establece el principio de la gravitación universal en tanto idea. Nadie ha “visto” jamás el sistema solar, ni siquiera nuestros astronautas. Es por medio de un proceso creativo subjetivo que uno forma un “cuadro” en la mente, de lo que realmente pasa allá afuera. Ésta es la base de la ciencia y de ser humano. Esto también determina la forma en que la humanidad se relaciona con la naturaleza y entre sí. Como los descubrimientos de Kepler representaron una revolución en la ciencia, la oligarquía impulsó al oportunista codicioso de Galileo Galilei, a quien no le importaba nada la verdad.

En 1596 Kepler publicó la primera de sus grandes obras, Mystérium cosmo gráphicum, donde hace su primer gran avance al formular una hipótesis platónica basada en las causas físicas que determinan el ordenamiento del sistema solar. De un modo muy entusiasta y humano Kepler le envía ejemplares a todos sus colegas, así como a Galileo. En 1597 Galileo final mente le respondió en una carta:

Galileo a Kepler:

“Como usted, acepté hace varios años la posición copernicana y desde ese momento descubrí las causas de muchos efectos naturales que sin duda son inexplicables con las teorías vigentes. He escrito muchos de mis argumentos y refutaciones sobre el tema, pero hasta ahora no me he atrevido a sacarlos a la luz, advertido por la suerte que corrió el propio Copérnico, nuestro maestro, quien procuró fama inmortal entre unos cuantos, pero descendió entre la gran masa (pues los necios son numerosos), sólo para que lo ridiculizaran y deshonraran. Me atrevería a publicar mis pensamientos si hubiese muchos como usted; pero, como no los hay, me abstendré”.

Kepler a Galileo:

“Sólo hubiera querido que usted, que tiene un discernimiento tan profundo, eligiera otra vía. Usted nos aconseja, con su ejemplo personal y de un modo discretamente velado, retroceder ante la ignorancia generalizada y no exponernos ni oponernos imprudentemente a los ataques violentos de la turba de eruditos (y en esto usted sigue a Platón y Pitágoras, nuestros verdaderos maestros). Pero después de que una tarea enorme ha dado inicio en nuestro tiempo, primero por Copérnico y después por muchos matemáticos muy doctos, y cuando la aseveración de que la Tierra se mueve ya no puede considerarse como algo nuevo, ¿no sería mucho mejor llevar la carroza a su objetivo mediante nuestro esfuerzo conjunto, ahora que la tenemos andando, y de manera gradual, con voces potentes, acallar al rebaño vulgar, que en realidad no sopesa los argumentos con mucho cuidado? Así, quizás con el ingenio podamos llevarlo a un conocimiento de la verdad. Con sus razonamientos ayudaría al mismo tiempo a sus camaradas que soportan tantas críticas injustas, pues recibirían ya sea consuelo porque coincide con ellos, o protección por su posición de influencia. No sólo son sus italianos los que no pueden creer que se mueven si no lo sienten, sino que nosotros mismos en Alemania no estamos de ningún modo congraciados con esta idea. Sin embargo, hay maneras en que nos protegemos de estas dificultades”.

Y continúa: “Anímese Galileo, y salga a la luz. Si lo juzgo correctamente, sólo unos cuantos de los matemáticos distinguidos de Europa se desligarían de nosotros, así de grande es el poder de la verdad. Si Italia parece un lugar menos favorable para que publique, y si prevé dificultades allí, quizás Alemania nos permitirá esta libertad”.

Aquí es claro que Kepler ve algo de bueno en Galileo, pero éste está más preocupado por sí mismo y su propio beneficio, que por quitarle el velo de la ignorancia a las mentes de sus congéneres.

En 1609 Kepler le envió una copia de su Nueva Astronomía a Galileo, esperando conocer su opinión; Galileo nunca respondió. Ese mismo año, bajo el patrocinio de Paolo Sarpi, llevaron a Galileo a mostrarle el telescopio (un instrumento poco conocido en esa época) al Gobierno de Venecia. Su paga aumentó enormidades gracias a esto, y Paolo Sarpi promovió fuertemente su trabajo a nombre de la oligarquía veneciana.

Esto se hizo como respuesta a la revolución científica de Kepler, para evitar que la humanidad descubriera el método de Platón.

Como es típico de su método, Galileo basó su trabajo posterior en ob servaciones hechas con un telescopio, no en busca de las causas (no puedes hacerlo con tan solo tus ojos), sino de una forma de explicar lo que veía.

En 1632 Galileo publicó Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, donde intenta argumentar en contra del ya desacreditado Aristóteles; en vez de eso, lo que hace en realidad es revivir el método de Aristóteles al argumentar en contra de Kepler diciendo que uno no puede conocer las causas verdaderas. En la introducción afirma:

“A este fin he tomado el lado copernicano en el discurso, procediendo como con una hipótesis matemática pura y procurando representarlo por todo artificio como superior a suponer que la Tierra carece de movimiento, por supuesto no en forma absoluta, pero en contra de los planteamientos de algunos peripatéticos declarados”.

Y continúa: “Primero, trataré de demostrar que todos los experimentos practicables sobre la Tierra son medidas insuficientes para probar su movilidad, pues se adaptan indiferentemente a una Tierra en movimiento o en descanso. Al hacerlo, espero revelar muchas observaciones desconocidas para los antiguos. Segundo, los fenómenos celestes serán examinados, reforzando la hipótesis copernicana hasta que parezca que tiene que triunfar de forma absoluta. ... En tercer lugar, propondré una especulación ingeniosa. Sucede que hace mucho dije que suponer el movimiento de la Tierra quizás arrojaría algo de luz al problema irresuelto de las mareas oceánicas”.

Queda claro que este diálogo vino años después de que Kepler había hecho sus descubrimientos. El uso de Galileo del movimiento de las mareas como su “prueba” de que la Tierra se mueve, es una sofistería. Galileo afirma que tres fuerzas diferentes pueden mover al agua en una vasija; una, cuando soplas sobre el agua; dos, cuando pones algo en el agua; y tres, cuando mueves la vasija misma, y por ende las mareas se mueven porque la Tierra se mueve. Pasa una cuarta parte del diálogo elaborando su “prueba”, aunque Kepler ya había hecho patente diez años antes de esta “prueba”, que las mareas derivan de la relación de la atracción gravitacional de la Luna y el Sol.

Entonces, ¿por qué se tiene a Galileo por padre de la ciencia moderna, cuando todo lo que afirmó fue falso y Kepler, como consta, claramente usó un método que logró grandes avances en la ciencia que siguen vigentes hoy, mucho antes de que Galileo publicara nada? Está claro que si tienes un método para conocer la historia verdadera, entenderás. La política del modelo oligárquico de imperio consiste en evitar el descubrimiento verdadero y, de hacerse descubrimientos, pasar a destruir el método y luego al individuo que los hizo. Puede que Galileo aceptara que la Tierra se mueve, pero rehuyó el principio universal que expresaba ese movimiento.

—Chris Landry.

—Traducción de Diego Bogomolny, miembro del Movimiento de Juventudes Larouchistas en Argentina.